Asael Castillo: La alfarería de tradición.
En un inicio nos encontramos con una obra impresionante, auténtica y llamativa, con piezas que superaron el esquema de la artesanía para rondar e invadir el terreno del arte. Al preguntar sobre las piezas, muchas de ellas únicas, se indicó que el artista podría recibirnos, y fue entonces cuando abrió las puertas de su taller. Como muestra de su gran sensibilidad, primero presentó a sus padres y parte de su familia, señalando que es la quinta generación de alfareros, sin dejar de reconocer la importancia de su núcleo familiar en la formación de personas excepcionales.
El recorrido comenzó por los rincones de un taller entregado a crear y producir múltiples piezas. El horno estaba abierto, algunos elementos que se convertirán en algo especial estaban en sala de espera, y el artista indicó con una sencillez admirable que antes del horneado hay que cubrir un proceso riguroso. Esto llevó al horno de leña, enclavado en el piso, con el control de los vientos hacia los puntos cardinales para regular el calor y su constancia, comenzando así la explicación de una tradición como el antecedente de todo proceso creativo.
Pasamos después al espacio de amasado, reposo y secado. Supimos que la arcilla de Metepec posee una propiedad especial debido a los sedimentos volcánicos que le brindan mayor dureza y durabilidad, además de un mejor manejo del material. Cabe destacar que el material por sí solo no es el arte, sino las manos que lo transforman, y Asael mencionó sin reservas las virtudes de la materia prima en sus creaciones, en un acto de respeto entre el creador y su obra que no debe pasar desapercibido.
El barro en manos de Asael llegó a lugares insospechados gracias a las diversas técnicas para manipularlo y formarlo. Compartió que una de ellas es única por el uso de pintura amural, similar a la utilizada por Diego Rivera y Frida Kahlo. De pronto se aprecian piezas impresionantes que habrán de ver la luz en la temporada de ofrendas para muertos, con un nivel de detalle inigualable.
Hay un espacio para el secado, un reposo o remanso para las piezas de duración prolongada pero paciente, silente pero no solitaria, donde el sol hace su trabajo para evitar que la obra se rompa. Después de ello viene el color, a cargo de un equipo dispuesto, dedicado y simpático; trabajar con las piezas es cansado, pero el ánimo no decae, aunque existen obras donde Asael es el único que interviene, dejando que el artista exprese y ejecute su genio.
En una parte del recorrido pasamos a la galería, el espacio vital de lo creado, donde convergen las técnicas en su máximo esplendor. El artista, en comunión con su obra, inicia en ese lugar el diálogo sobre su destino: si saldrán o no, si requerirán arreglos o si llegarán a un sitio que el artista registra con presteza en su memoria (realizando entregas personalmente). Este espacio es sumamente personal; previo a ingresar, Asael confesó que nunca deja de crear y que en su galería goza de la satisfacción de 26 años de vida entregados a las bondades de la arcilla.
Hubo allí piezas únicas e imponentes, algunas aún en proceso de acabado en hoja de oro, otra lastimada por un daño sorpresivo durante su exhibición, y muchas más embelleciendo el entorno. Es difícil plasmar en palabras el impacto de estar ante ellas; la visita a la galería resulta una experiencia íntima, fascinante e indescriptible. Las obras poseen el potencial de ser únicas, irrepetibles e inevitables, muy capaces de trascender el ornato para instalarse en los fascinantes terrenos del arte. En este espacio también se encuentra un impresionante currículum del artista, quien con su altísimo nivel creativo le ha dado al oficio de alfarero reconocimientos muy especiales que seguramente continuará cosechando.
